luns, 10 de febreiro de 2014

Etiopía. El infierno de los afar


Al noreste del país africano residen un millón y medio de personas, muchos nómadas. En este lugar desértico y azotado en los últimos meses por una fuerte sequía, buscan agua y luchan contra la desnutrición. Quienes lo han pisado se preguntan: ¿por qué vivir aquí?

De repente, una mujer ha surgido de la nada. A 51 grados centígrados, un poco menos a la sombra, es difícil distinguir entre la realidad y la imaginación, pero la mujer ha ido cobrando forma en la nebulosa de este inmenso desierto, el lugar más profundo y caluroso del planeta, en la región de Afar, al noreste de Etiopía.
Un poco más cerca, la distinguiremos mejor, delgada, cubierta hasta la cabeza por un vestido azul marino y un velo oscuro con estampados de cachemir verdes, cargando un niño a sus espaldas. Cuando esté más cerca, tendrá edad: 18 años, asegura. Y luego el nombre: Samala. ¿De dónde viene? Es difícil la pregunta para la mujer afar (el pueblo seminómada que da nombre a la región). Su tribu se desplaza constantemente por este vasto territorio de la woreda (distrito) de Teru, en una de las cinco zonas más remotas de la región. Por eso no hay otro modo de decirlo: surge de la nada. Pero a Samala Hamed le debe de parecer que el fotógrafo y los médicos del centro de desnutrición también surgen de la nada. No importa. Viene a salvar al hijo.
Los afar, algo menos de un millón y medio de personas, caminan por aquí desde hace siglos, sin descanso, después de que el mar se retirase miles de millones de años atrás. Y si los geólogos no se equivocan, este antiguo fondo marino, también una bomba de relojería sísmica y volcánica, volverá a ser cubierto por el océano. Los restos de Lucy, nombre de una canción de los Beatles con la que se bautizó al esqueleto de uno de los primeros homínidos hallado en estas tierras, nos remontan a un tiempo en que esta zona fue un vergel. Se permite, pues, la exageración: aquí empezó todo, y aquí puede que todo termine.
La mayor parte de los que han visitado Afar concluyen que este sería el último lugar donde se hubieran imaginado una vida humana posible. Suelen compararlo al paisaje de la Luna o al de Marte, pero hay un símil aún más recurrente: el infierno.
Y sin embargo, aquí, en este infierno de sal, potasio y azufre, hombres y mujeres se debaten entre el nomadismo tradicional y la sedentarización, entre la escasez de agua y la amenaza de la desnutrición. No hay ningún visitante, incluyendo algunos viajeros célebres que pasaron por sus alrededores, como Rimbaud, cuando dejó la poesía para traficar con armas, o el gran Kapuscinski, que no se hayan hecho la misma pregunta: ¿cómo es posible la vida en estas condiciones? Y además, ¿para qué vivir aquí?
Esa es otra pregunta que probablemente no se hace Samala, ni tampoco los sanitarios que vienen de otras partes de Etiopía con Médicos Sin Fronteras (MSF) y que tratarán al pequeño que sufre desnutrición. Es su primer hijo. Tiene nueve meses, cuenta Salama, mientras lo sostiene en brazos frente a la cámara. El pequeño, enclenque, con la cabeza doblada sobre el codo, duerme profundamente. Es la segunda vez que ingresa en el centro de nutrición terapéutica de Alelu, la localidad más importante del distrito. Salama cree que tras recibir el alta la primera vez, en el camino de vuelta a casa, “el viento le hizo daño y el pequeño enfermó de nuevo”.
Los afar, en camino
Los niños en Afar, nada más nacer, son puestos al camino (una metáfora viva) por esta inmensa región tachonada de rocas incandescentes, donde la tierra se cuece o suda sal. Esta es su “oro blanco”. Solía llevarse a Yibuti a lomos de dromedarios y mulas, y se pagaba a buenos precios. Pero ahora la comercialización en masa, por medio de camiones que viajan por la única carretera posible que une Addis Abeba con Yibuti, entre otros factores, ha hecho que baje el precio.
El afar apenas deja rastro en los lugares donde se asienta. Sus chozas precarias resisten tormentas de arena y temperaturas extremadamente calurosas. Es una pugna constante contra el olvido que impone la naturaleza. Salama también atravesó con su hijo esa nada cubierta por tormentas de arena, enfundados los dos en el vestido oscuro. “Caminé durante ocho horas”, dice. Ha venido sola. Hay otras mujeres que la conocen y la saludan, acercando la palma de su mano a los labios y luego besándole en la cara. Las que no llevan velo, que suelen ser solteras, se hacen en el cabello una filigrana de trenzas. Algunas tienen las paletas afiladas. Se trata de un concepto estético peculiar, pero a pesar de la dureza del clima, de la amenaza de la desnutrición y de las largas caminatas, no hay duda: aquí se le da valor a la belleza como una forma de dignidad.
Muchos hombres afar caminan en fila, como sus dromedarios, por rutas alejadas de las carreteras a Yibuti. Por cada seis camélidos, un hombre. Lo poco que queda de los afar son sus tumbas, hechas de piedras amontonadas en forma circular o cilíndrica. Las que tienen piedras en disposición vertical indican que hubo una muerte violenta. Los cadáveres suelen enterrarse en el mismo lugar donde caen. Eso y los Kaláshnikov que algunos cuelgan de sus hombros, junto a los jilé que llevan en la cintura (una suerte de machete con forma de daga), son las huellas de una violencia antigua, y que está en el aire, no siempre de manera evidente. Todo lo demás se mueve con la cadencia de los dromedarios.
Y todos ellos, hombres y camélidos, con una sola cosa en la cabeza: “el agua”, me dice Juan Carlos Tomasi, el fotógrafo que ha estado acompañando en el mes de julio la intervención nutricional de MSF en la región: “el agua”.
Tomasi y yo hemos viajado juntos muchas veces, y casi siempre a contextos bastante remotos, olvidados salvo por los cuatro locos de las organizaciones humanitarias y algunos periodistas. Cuando estamos en España, quedamos siempre en el London, el viejo bar del Raval de Barcelona donde nos contamos los viajes mutuamente en un par de cervezas. Pero esta vez ha sido distinto. El fotógrafo ha sobrepasado los cincuenta años, es padre de un niño reciente, y aunque ha estado durante las dos últimas décadas en casi todos los conflictos y desastres de la Tierra, esta vez tiene algo inquietante en la mirada. Extraño al menos. Hay viajes que se enquistan en la retina. Su relato se ha prolongado durante más tardes de lo normal en el London. Tomasi le da vueltas a lo que ha retratado con su cámara para tratar de explicárselo, como si fuera una ecuación complicada. Es como si quisiera extirparse algo alojado allí donde no podrían detectarlo los rayos X ni las tomografías.
Es difícil contar su viaje. Él lo hace a través de sus fotos. Es su mirada. Yo intento traducir sus palabras entrecortadas. Verán, es un tartamudo genial que habla con todo (gesticulando con la mirada, los labios, los brazos). Cuando dice que hacía mucho calor, no dice “hacía calor”, sino que abre los brazos como alguien que se ahoga y busca el aire y repite hasta que duele “¡pero mucho calor!”. En esta ocasión acompañó como siempre a los equipos de MSF como parte de un trabajo audiovisual más amplio sobre la desnutrición en diferentes contextos. En Afar, como en otras partes del Cuerno de África y del Sahel, estos meses, entre mayo y octubre, suelen ser críticos, y la desnutrición llega a sus picos más altos. Pero hay algo en Afar que nadie sabe explicar de dónde viene: la fascinación que produce.
La falta de lluvias de los últimos años, y en particular de los últimos meses, se lo han puesto más difícil aún a los afar. De ahí que en el mes de marzo, después de una evaluación realizada por MSF en coordinación con las autoridades locales, se detectó que la desnutrición aguda severa afectaba ya a más del 26% de los menores de cinco años, y también a embarazadas y lactantes.
Modernización y bidones de agua
El Gobierno etíope está en constante alerta ante la amenaza de la desnutrición en sus regiones más complicadas. Conoce la imagen que surge en el subconsciente colectivo de medio mundo cuando se escucha el nombre de Etiopía: las terribles hambrunas de los años setenta y ochenta. Las autoridades no quieren que ello empañe los esfuerzos por desarrollar y modernizar el país. Y esto en Afar no es una tarea sencilla.
Precisamente, para Firehiwot Sintayehu, investigadora del departamento de ciencias políticas y relaciones internacionales de la Universidad de Addis Abeba y buena conocedora de Afar, el primer problema de la región es el impacto que tiene el desarrollo impuesto por las inversiones del sector público y privado (la mayoría, siempre foráneas) en el modo de vivir y la economía tradicional de la población. “Afar es sinónimo de lejanía para el resto de los etíopes, no solo por los cientos de kilómetros que lo separan de la capital, sino culturalmente. La mayoría de los etíopes sabemos muy poco de los afar”, me dice Firehiwot por teléfono desde Addis Abeba. “Se trata de una minoría en un país de 80 millones de personas y más de 70 lenguas y dialectos”.

En el camino, el Gobierno etíope ha instalado tubos de canalización que forman una extraña pieza de este paisaje incomparable. También hay algunos pueblos construidos no hace mucho en zonas remotas, que se agrupan en torno a un centro de salud y una escuela y un surtidor de agua. Aquí todo surge en medio de la nada. Pero esas instalaciones se vacían en tiempos de escasez, porque la vida de los afar se defiende en movimiento y sin mucho equipaje.
Lejos de la única carretera transitable, las señas de la modernidad y el comercio son los bidones de plástico amarillo con los que mujeres y niños (casi nunca hombres) acarrean el agua desde los escasos pozos. Una pequeña de apenas nueve años, muy delgada, vestida con una túnica de algodón de color rojo chillón y estampados verde fluorescentes, sonríe ante la cámara antes de atarse a la espalda con un lienzo roto un recipiente de 25 litros. Luego se va caminando con la espalda doblada. El bidón no tiene tapa y riega por el camino una buena parte del líquido.
Los milagros del tratamiento contra la desnutrición
El agua es la ley más fuerte, y quienes escuchan a los ancianos aseguran que su escasez se ha agudizado más en las dos últimas décadas. Las comunidades de la woreda de Teru viven del ganado (cabras y dromedarios) principalmente. Pero en la actualidad, la actividad económica ha decrecido debido a la escasez de animales, básicamente porque no hay suficiente pasto. La falta de agua era tan grave que, durante las primeras visitas de los equipos médicos en el mes de marzo, se observaron con cierta frecuencia cadáveres de dromedarios por todas partes, aunque estos animales pueden aguantar hasta 15 días sin beber, dependiendo de las condiciones físicas y del terreno. Esos cuerpos inertes podían ser indicio de otra cosa: la desnutrición para los niños menores de cinco años y para las mujeres embarazadas y lactantes, que luego se confirmó en la evaluación médica.
En coordinación con las autoridades centrales y regionales, MSF puso en marcha una intervención de emergencia para paliar los estragos de la desnutrición aguda severa y moderada. Según el doctor Jean François Saint-Sauveur, coordinador médico de la misión de MSF-España en Etiopía, se estableció un programa de alimentación terapéutica ambulatoria, incluyendo un centro para ingresar a los pacientes en peor estado o con complicaciones adicionales (como la neumonía severa, entre otras). “Durante los más de tres meses de emergencia, entre abril y julio, hemos tratado a más de 1.600 pacientes por desnutrición aguda y moderada, sumando a niños menores de cinco años y mujeres embarazadas y lactantes”.
La mayoría de los pequeños se han recuperado, y sus familias han seguido recibiendo ayuda alimentaria, según explica Jean François. “Nosotros tenemos otros proyectos en Etiopía, pero en casos de emergencia como estos nos desplazamos ante la alerta dada por las autoridades y tratamos de montar los equipos en tiempo récord”. Estos incluyeron a 50 trabajadores de salud locales, que tras una formación, en tiempo récord también, apoyaron la puesta en marcha del programa nutricional. Su formación servirá para detectar y responder a la desnutrición.
Los que han visto cómo llegan a los centros de desnutrición niños como el que trae Samala a la espalda y son testigos posteriormente de cómo salen totalmente recuperados de los zarpazos de la muerte más violenta del mundo, la del hambre, suelen utilizar otra expresión que se repite: “esto es lo más parecido a los milagros”.
En los últimos años, el tratamiento de la desnutrición se ha desarrollado considerablemente y la incorporación de los preparados alimenticios, como el Plumpynut, son los que están tras este milagro. Pero hacerlos llegar a quienes los necesitan no es nada parecido a un milagro, sino a un viaje tortuoso. “La falta de agua hace que la población se mueva con más asiduidad, y eso nos obliga a ser más flexibles con equipos sanitarios más dinámicos para llegar a todas las zonas de un distrito de más de 80.000 personas, donde el problema era más agudo”, concluye el coordinador.
“Nadie aguanta más de un mes”
El personal internacional y nacional trabajó por turnos de un mes cada uno. David Noguera y Candela Lanusse son un médico catalán y una enfermera argentina bregados en muchas emergencias en contextos extremos. Ambos afirman que nadie que no sea de Afar “aguanta más de un mes allí”. Y con todo, Jean François no olvidará el rostro de David al volver de Afar hacia Addis Abeba lleno de tierra y quemado por el sol. “El tipo nos dio las gracias por haberle permitido ir a echar una mano en un lugar así. Creyó que su trabajo tenía más sentido allí que en ningún otro lugar ni en ningún otro momento”.
A Candela también se le iluminan los ojos cuando habla de Afar: “La primera vez que llegué, me recibió una de sus famosas tormentas de arena, a las que es imposible resistirse. Solo puedes liarte una pañuelo que cubra enteramente la cara y la cabeza, y esperar. Luego, recoger todo lo que se pueda recoger. Por la noche, si refresca algo, se podría dormir al raso, pero no es aconsejable, pues en cuanto enciendes la luz, aparecen arañas enormes y escorpiones. A veces decíamos en broma que nos íbamos a dejar picar por uno de esos animales para enfermar y así tener la posibilidad de ser evacuados. Eso lo decíamos cuando el calor era imposible”.
Por su parte, David recuerda que en una de las pocas ocasiones que dispusieron de agua suficiente para poder lavarse, aunque al instante la arena volviera a cubrirles, olió algo que le devolvió a otro lugar, como en un sueño. Se trataba de perfume, quizá solo desodorante; en ese instante apareció Candela, reluciente, peinándose y oliendo a fresco. David la miró sorprendido. Aquella visión, aquel olor, no iban a durar mucho. “¿Qué haces?”, le preguntó, “dentro de poco vendrá otra tormenta de arena”. Ella contestó teatral y medio en broma: “Sí, pero deja que me sienta mujer por un minuto”.
Ni siquiera los más aguerridos de la unidad de emergencias de MSF, a la que pertenece Candela, han podido resistir la prueba de Afar mucho más tiempo. Y a pesar de ello quieren volver. Por supuesto, no porque se detecte un alto índice de desnutrición, sino para reencontrarse con algo que solo allí parece comprenderse. “La experiencia afar es una experiencia extrema”, dice ella. Pero entonces vuelve la pregunta: ¿Qué hace esa población viviendo aquí a pesar de todos los inconvenientes: la falta de agua, el inmenso calor, el ganado escaso, la poca agricultura, el incierto futuro? Una respuesta me la ofrece Firehiwot desde la Universidad de Addis Abeba, y es obvia y demasiado simple: “Esa es su vida, la vida”.
Según la investigadora Firehiwot, el futuro para los afar plantea dos escenarios: uno negativo, en el que las inversiones foráneas impongan su ritmo y sus condiciones y ellos, los afar, se queden sin su medio de vida; y otro algo más optimista, que se basa en un modelo de desarrollo en el que sean partícipes y no solo víctimas o meros espectadores sin saber qué hacer. Pero corresponde a los afar y a sus Gobiernos la tarea de encauzar con sabiduría el cambio de un modelo económico y un modo de vida que puede llevar décadas.
Se estima que la sequía prolongada de esta zona es una de las pruebas más palpables del cambio climático. Dentro de miles de años, aquí vendrá el mar de nuevo. Un poco antes, la vida en la tierra, dicen los expertos, se parecerá mucho a Afar. Si vamos a ser así, gente que se mueve con lo poco que puede llevar encima en busca de agua, merece la pena compartir su experiencia: una enseñanza que en medio de su crudeza señala que a riesgo de todo, hasta en estos extremos, es posible la vida y hasta cierto punto el ritmo de una belleza que surge de la nada para salvar la vida. Hablando de la vida, el hijo de Salama sobrevivirá esta vez.
Un canto afar dice: “A aquellos que codician esta tierra les decimos: nosotros somos sus primeros habitantes. Llevamos el árbol de la dignidad sobre nuestros hombros”. Es posible que aquí estuvieran los primeros hombres, y también que aquí estén los últimos, cuando no quede nada en el resto del planeta. Los niños tratados en los centros de desnutrición de MSF llevan demasiado temprano la marca de los extremos de la vida, sus riesgos e incluso sus increíbles recursos para la supervivencia. Vivir con lo indispensable. El resto tendrá que encontrarse en un camino donde no hay nada, y donde a veces, contra todo imprevisto, surge todo: agua, salud y una sombra.
Se suele comparar a Afar con el infierno. Y a pesar de sus condiciones extremas y sus temperaturas imposibles, a Candela se le iluminan los ojos, David da las gracias, y todos dicen que allí hay algo que emparenta al ser humano con la dignidad. Nadie vuelve del infierno así, con esa mirada entre la fascinación y el desconcierto sin saber explicar lo que ha sentido, como tampoco el fotógrafo que, con el asombro y el cansancio todavía en la cara, se levanta de la mesa: “Tenemos que volver”, me dice. “Ya”.

xoves, 6 de febreiro de 2014

Día Mundial da Tolerancia Cero á Mutilación Xenital Feminina


Lucha transnacional contra la ablación: "Mi niña no va a ser mutilada"
La mutilación genital está arraigada en 28 países africanos, a pesar de estar penalizado en 20 de ellos
Debido a la emigración, en España viven 57.251 mujeres procedentes de países donde la ablación es una tradición
Diversos proyectos de ONG trabajan tanto en los países africanos, como en España para erradicar esta vulneración de los derechos humanos de las niñas
La educación es clave para reducir la incidencia de la mutilación en las nuevas generaciones
Gabriela Sánchez 06/02/2014 – eldiario.es
Manifestación contra a ablación en Quenia


Como si nadie la viese, dirige su mirada mojada hacia arriba, luego hacia abajo. Suelta el aire. Con dificultad, logra mantener las lágrimas en sus ojos mientras escucha a la joven que cuenta su historia entre sollozos: huyó, sufrió la marginación familiar, se negó a la mutilación genital con nueve años. Jennifer la mira y se maldice por no haber sido capaz en su momento. "Nadie me explicó". Pero sí sintió el rechazo social que despierta sus recuerdos. Ella también dijo "no": "Mis hijas no pueden pasar por ahí. Mis niñas no va a ser mutiladas".
Esta vulneración de los derechos de las niñas consiste en la extirpación parcial o total de los genitales femeninos externos por motivos no médicos, según la Organización Mundial de la Salud. La práctica está arraigada en 28 países africanos (a pesar de estar penalizado en 20 de ellos) y algunos de Oriente Medio y Asia. E n muchas comunidades se considera que reduce la libido femenina, "ayudando" así a la mujer a resistirse a los actos sexuales "ilícitos", un claro reflejo de la discriminación contra el sexo femenino. La presión social y el miedo a la marginación perpetúan una tradición  cada vez más condenada.
A Jennifer le practicaron la ablación en su país, Kenia. Su mutilación se complicó aún más de lo habitual. Casi se desangra. Recuerda el dolor con horror pero no duda en destacar otra de las muchas razones de su arrepentimiento: "Cuando te lo hacen, te pueden obligar a casarte con un desconocido". Aquel desconocido se enfrentó a ella cuando, años después, en 2006, decidió que ninguna de sus tres hijas sería mutilada. Comenzó a acudir a los talleres de sensibilización de la ONG  World Vision en Marigat (oeste de Kenia), donde empezó a ser consciente de que no había ningún argumento válido que lo justificase.
"Sabía que me iba a enfrentar a toda mi comunidad, que mi familia me rechazaría, que nadie lo comprendería... Pero recordaba mi dolor y no lo podía soportar. Decidí hacerlo público", confiesa la keniana en 'pokot', la lengua de su región. Su marido la despreció y sintió el rechazo de su familia y del resto de madres de la comunidad. Hoy utiliza su historia como ejemplo para que otras muchas mujeres defiendan la dignidad de sus hijas. 
Dos años antes, a 6.157 kilómetros del país donde Jenifer confesó en público su rechazo hacia la ablación, Oumul empezó a darse cuenta de los efectos negativos que esta práctica había tenido en su vida. Acababa de emigrar a Pamplona y asistió a una serie de talleres enmarcados en un proyecto de Médicos del Mundo donde profesionales de determinados ámbitos sensibilizaban a inmigrantes procedentes de aquellos países donde se suele practicar la mutilación. "Poco a poco, me di cuenta de que no te lo tenían por qué quitar. Me sentí un poco rara. Sentí rabia. ¿Por qué allí no me había llegado esta información? ¿por qué me tocó a mí? ¿mi madre era mala mor permitirlo?", repite alguna de las cuestiones que perturbaban su cabeza. Se autoresponde acelerada: "No, lo hizo porque ella pensaría que era lo correcto". De lo que estaba verdaderamente convencida es de que su hija no pasaría por ello. 
En España viven 57.251 mujeres procedentes de países en los que se lleva a cabo esta práctica, según informe elaborado por la Universidad Autónoma de Barcelona y la Fundación Wassu. El documento estima que las niñas en riesgo de sufrir mutilación genital en este país ha aumentado un 60% en los últimos cuatro años. Determinadas organizaciones, como Médicos del Mundo o Unaf, organizan talleres de sensibilización para evitar que familias procedentes de estos lugares sometan a sus hijas a la mutilación durante viajes realizados a sus países de origen. Unos hechos que podían ser penados en España a su regreso, pero que previsiblemente dejarán de serlo después de la próxima aprobación de la reforma de la justicia universal por la que el Gobierno actual limitará al mínimo la posibilidad de juzgar crímenes cometidos en el extranjero.
Oumul viajó a Guinea Conakry hace unos años. "Al llegar allí, hablé con mi familia, les expliqué mi decisión. Al principio temía que se la llevasen y se lo hiciesen sin mi permiso. No quería que nadie la cogiese sin yo saberlo", admite la guineana. Reconoce que, aunque en un primer momento sus seres queridos se sintieron extrañados, lograron comprenderlo. "Yo se lo explicaba con las palabras justas. Mi madre ahora lo entiende. Y, no solo eso, mi hermana, que vive allí, ha decidido que no va a someter a sus hijas a la mutilación. Gracias a las conversaciones que mantuve con ella, está sensibilizada", dice orgullosa de sí misma. "Si la información llega correctamente, la gente no lo hace", considera.
"Es como una cadena", detalla Fatima Dajra, la mediadora que impartió el taller de Oumul en Pamplona. "La sensibilización que hacemos con inmigrantes desde aquí, puede tener sus efectos allí". Después de dedicar varios años de su vida a esta tarea, descifra algunos de sus primeros pasos. Para empezar, es primordial derribar el tabú de la mutilación genital. "Tenemos que hablar con los líderes de las asociaciones de diferentes países y presentar el proyecto. Al principio no podíamos hablar de "ablación", solo de salud sexual y reproductiva", explica. "Siempre empezamos trabajando con los hombres, así conseguimos una especie de 'permiso' y su posterior apoyo a la hora de sensibilizar a sus mujeres". 
La hija de Fátima, que no para de entrenerla mientras charla con Desalambre al otro lado del teléfono, tampoco vivirá lo que tuvo que pasar su madre. La mediadora, como Oumul, se pregunta por qué tuvo que pasar por eso. "Ahora es el momento de pensar en las nuevas generaciones. Podemos acabar con la mutilación genital". Para ello es fundamental la educación, según documenta Unicef en su último informe al respecto. 
Janet, la joven de 23 años a la que escuchaba Jennifer con admiración, siempre recordará las palabras que le otorgaron la fuerza necesaria para huir de la ablación con tan solo nueve años. "Una profesora nos dijó que no lo hiciéramos". Su mayor miedo era dejar estudiar; su principal objetivo, sacarse un doctorado en Pedagogía. "Para que mi mensaje llegue al mayor número de personas. Para que nadie sufra la discriminación que yo viví por negarme a ser mutilada".


Mi lucha contra la ablación
Aunque nunca podré recobrar esa parte de mi cuerpo, desde 2006 puedo asegurarme de que muchas niñas, niños, padres, profesores y líderes religiosos conozcan las consecuencias que mutilación genital femenina tiene en la salud física y psicológica de las niñas
Tabitha Parteneu - Víctima de mutilación genital 05/02/2014 – eldiario.es
Me llamo Tabitha Parteneu, tengo 34 años y soy de una de las tres etnias que viven en Marigat (oeste de Kenia). Yo fui la cuarta de ocho hermanos y fue cuando estaba en cuarto de primaria cuando me practicaron la mutilación genital femenina. Entonces yo tenía 9 años y mi hermana mayor 15. Ambas pasamos juntas esa práctica que yo recuerdo como brutal.
Ese día, después del cole, mi padre trajo a casa 2 pares de zapatillas y una cuchilla de las que usan los barberos. Esa noche vinieron cinco mujeres que durmieron conmigo. A las 3 de la mañana nos levantaron y comenzaron el ritual de la ablación. Primero se llevaron a mi hermana fuera de casa mientras yo esperaba mi turno deseando escapar, aun sabiendo que eso no era posible. Recuerdo que dos mujeres me agarraron por la espalda y las piernas y me pidieron no llorar porque esto supondría una gran vergüenza para mi padre.
Después de mi ablación genital estuve un mes en casa mientras sufríamos el dolor de que nos lavaran las heridas sin ningún tipo de consideración. Cuando cumplí 15 años deseé que nunca me hubieran mutilado y deseé tener de nuevo esa parte de mi cuerpo porque yo sabía que si estaba ahí no podía ser mala.
Nunca podré recobrar esa parte de mi cuerpo, pero desde 2006 puedo asegurarme de que muchas niñas, niños, padres, profesores y líderes religiosos conozcan las consecuencias que la ablación o mutilación genital femenina tiene en la salud física y psicológica de las niñas y así intentar que cada día sean menos las niñas que repitan mi historia.
Todos los días trabajo con pasión informando y sensibilizando, no sólo sobre la realidad de la mutilación genital femenina, sino también sobre los derechos de las mujeres y las niñas, para que su opinión se tome en cuenta. Cada vez que recibo a una niña que ha escapado por miedo a la ablación o a un matrimonio forzado estoy siempre a su lado defendiéndola, a pesar de que muchas veces las comunidades ven este acto como una maldición.
Desde que estoy al frente de este proyecto especial de World Vision he visto los resultados del esfuerzo del trabajo de todo el equipo: 3.046 niñas que no serán nunca mutiladas, 36 comadronas (mujeres que viven de la práctica de la mutilación genital femenina) que han dejado este oficio y más de 30 madres que, además de decir no a la ablación de sus hijas, se han unido a nosotros para que la información llegue a más mujeres.
Sólo puedo agradecer a las personas de España que apoyan con donativos este proyecto porque sólo con su ayuda podemos seguir luchando contra esta tradición dañina para millones de niñas.
Con motivo del Día Mundial de la Tolerancia Cero a la Mutilación Genital Femenina, Tabitha Parteneu, se encuentra en España para apoyar la campaña www.stopablacion.org que World Vision realiza para llamar la atención sobre esta realidad. Puedes apoyar la lucha contra la ablación mandando ABLACION al 28013


luns, 3 de febreiro de 2014

O soldadiño de chumbo de Jörg Müller, ilustrado para a paz

wloge_producto_principal_0274full-TTA6AnnPgmvjegnGCon certo atraso sobre as datas sinaladas, na nosa biblioteca decidimos conmemorar o Día da Ilustración e o Día da Paz e da non Violencia, coa versión ilustrada do conto clásico de Andersen: El soldadito de plomo, realizada polo debuxante suízo Jörg Müller, e publicado en España pola editorial Lóguez.
O libro de Müller recolle en 38 ilustracións (a metade a toda páxina) sen máis texto cos rótulos das propias imaxes unha historia que suxire outras moitas, e que nos invitan a reflexionar sobre diferentes aspectos da realidade contemporánea. Son tantos os detalles evocadores que atopamos en cada páxina con cada nova lectura, que as posibilidades que ofrece para a análise didáctica son múltiples.
Desde a propia composición das imaxes (contra picado, gran angular e perspectiva cónica) ata a propia interpretación dos protagonistas: un soldado inofensivo, mutilado pola súa propia soidade, e unha bailarina afastada do xoguete edulcorado, unha barbie que vai perdendo a súa prestancia na viaxe á que se ve arrastrada xunto ao soldadiño. Compañeiros? de infortunio máis que dous seres namorados ata a morte.
Irrelevantes xa para a sociedade consumista occidental, guindados ao lixo e ás cloacas noxentas (a outra cara da opulencia) chegan, como no conto orixinal na barriga dun peixe, ata África. Alí a miseria non se agocha, formando un gran vertedoiro de lixo, onde, paradoxalmente, o soldadiño e a bailarina son máis valorados. Rescatados por un muller que agasalla con eles ao seu fillo, que os recibe coma un gran tesouro.
O enorme sorriso do neno ante o xoguete que seu pai constrúe cos refugallos occidentais élle arrebatado por un turista occidental (insensible ante a pobreza que fotografía como algo exótico, ao igual que o xoguete) por un miserento dólar. Así, a infortunada parella remata esquecida de novo, nun museo etnográfico baleiro, de calquera cidade occidental, que a ninguén interesa.

image(1)No corredor da Biblioteca están expostas as imaxes do libro de Müller en gran formato, ademais do conto clásico de Andersen coas típicas imaxes de conto infantil que o teñen ilustrado. O obxectivo é que o profesorado as traballe co alumnado nas titoría e noutras materias, para o que tamén dispón das imaxes en formato dixital que pode proxectar nas aulas. As posibilidades son moitas: a beleza e perfección plástica, a expresividade da composición, a lectura e análise do contido das ilustracións, a comparación coa versión clásica…
-          Tamén colocamos no expositor unha selección de documentos da Biblioteca (libros, banda deseñada, películas…) que poden ser útiles para profundar sobre a estupidez da guerra e da violencia en xeral.
Suxestión de actividades:
-          Redactar a historia que nos contan as imaxes (en primeira ou terceira persoa).
-          Darlle voz aos personaxes, creando unha banda deseñada na que os personaxes dialoguen entre si.
-          Seleccionar a música apropiada para ambientar as distintas escenas da historia.
-          Comparación entre a cidade occidental e o poboado africano.
-          Imaxinar a relación entre o soldado e a boneca.
-          Descrición das ilustracións, facendo fincapé nos detalles seleccionados polo profesorado (lixo na cidade, cambios na casa da nena, consumismo, civismo, sumidoiros cara o mar, soidade, refugallos da pesca, vertedoiro, poboado africano, neno africano, reciclaxe dos xoguetes, turismo rico en países pobres, hotel Paradiso, Museo etnolóxico, etc.).
Máis información:
http://educacionysolidaridad.blogspot.com.es/2012/02/version-ilustrada-por-jorg-muller-de-el.html
http://bibliotecadeloselefantes.blogspot.com.es/2009/10/el-soldadito-de-plomo.html

Deportista solidario en África


El cordobés José Luis Cano Castiñeira es el principal impulsor del proyecto Just a Lifestyle, que lo ha llevado hasta Kenia y Tanzania
MANUEL RUIZ DÍAZ 03/02/2014 Diario Córdoba

"Llegué a África con una maleta cargada de ilusión y mucha energía", recuerda José Luis Cano, un cordobés de 27 años empeñado en difundir por todo el mundo los valores del deporte través del proyecto Just a Lifestyle.
José Luis es licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte. Durante los dos últimos dos antes de su viaje a África vivió en Londres, donde trabajó para el Comité Olímpico en los Juegos de Londres 2012. Fue en esa etapa cuando comenzó a soñar con un proyecto propio, que con el tiempo ha logrado poner en marcha.
El sueño de José Luis se llama Just a Lifestyle. Él es el principal impulsor de una idea tan sencilla como ambiciosa: "Fomentar y promover el deporte como estilo de vida y así ayudar a la sociedad y a las personas más necesitadas, transmitiendo los valores que la práctica deportiva aportan a nivel personal y el poder de ellos sobre la sociedad".
Un sueño que vio claro el pasado 5 de octubre, cuando se enfrentó a un desafío para el que se estuvo preparando durante mucho tiempo, el Ironman Londres 2013, la prueba más exigente del triatón: 3.800 metros a nado, 180 kilómetros en bicicleta pedaleando y 42 kilómetros corriendo. "Entonces comenzó todo", señala José Luis. Fué cuando voló hacia tierras africanas, a Kenia, para estudiar la cultura del atletismo en el distrito de Eldoret, al oeste del país. En los últimos años, algunos medios se han referido a Eldoret como "El Dorado" del atletismo en África. De allí han salido más medallistas en competiciones internacionales de media y larga distancia que de cualquier otra zona del planeta. José Luis vivió durante un mes rodeado de los mejores entrenadores y atletas del mundo y conviviendo día a día con el actual presidente del Comité Olímpico de Kenia, Kip Keino.
En Kenia vivió "una experiencia inolvidable, entrenando a niños que sueñan con ser atletas y poder salir de la pobreza y ayudar a sus comunidades --recuerda--, asistiendo a algunos de los mejores entrenadores y atletas del mundo, entrenando con ellos y estudiando la cultura keniana del atletismo".
Después de Kenia llegó Tanzania, donde ha trabajado como voluntario en un orfanato. Hace solo unas semanas, José Luis regresó a Córdoba, pero tras la experiencia africana, Just a Lifestyle no ha hecho más que empezar. "Nos esperan muchos rincones del mundo en los cinco continentes, donde demostrar --explica este cordobés-- que el deporte es la unión más clara entre diferentes culturas, razas y religiones. Que a través del deporte se puede conseguir un mundo mejor".
José Luis ha registrado Just a Lifestyle como asociación sin ánimo de lucro. En la actualidad, trabaja intensamente para dar a conocer su proyecto a instituciones y empresas que se impliquen en futuras iniciativas, la más inmediata lo podría llevar al Tibet.
Mucha gente que ya conoce el proyecto solidario de José Luis, supo de él a través de internet (http://justalifestyle.com), donde el cordobés lo explica todo, y donde ha ido relatando sus experiencias en África a través de un blog.
En Tanzania, José Luis se desplazaba cada mañana a Morombo, un lugar en las afueras, a una hora de Arusha, la ciudad en el norte del país donde vivía en una casa con voluntarios de varias organizaciones internacionales. Para desplazarse, José Luis tomaba un dala-dala, que es como se llaman en el idioma local unos viejos furgones cargados de gente hasta los topes, que hacen la función de transporte público. En Morombo está el orfanato a donde el cordobés llegó con su Just a Lifestyle en la mochila.
Con solo cuatro años, José Luis, perdió a su padre. "Supongo que eso me sensibilizó e hizo que siempre me haya sentido indetificado de algún modo con los niños huérfanos --explica el joven--, empujándome a comenzar a desarrollar Just a Lifestyle precisamente con ellos".
Los días que llegaba temprano, José Luis daba a los niños clases de matemáticas e inglés, pero lo mejor llegaba cuando, en un gran descampado cerca del orfanato, situado en un barrio marginal, les enseñaba nuevos deportes y formas de pasarlo bien con juegos y actividad física. "Disfrutan muchísimo, corren, juegan, rien. Adquirir hábitos adecuados de actividad física desde pequeños será determinante para su salud, control emocional y prevención de enfermedades", cuenta el cordobés. "Es muy importante que disfruten a través del deporte, que adquieran valores de disciplina, superación, trabajo en equipo y respeto entre compañeros", añade.
José Luis llevó a aquel rincón de África las reglas del fútbol, balonmano, baloncesto o el atletismo. A algunos de estos deportes, los huérfanos de Jitihada jugaban por primera vez.
LOS JUEGOS DE MOROMBO
Un día, nuestro cordobés habló a los niños sobre los Juegos Olímpicos, que él mismo había vivido en primera persona en Londres 2012. Les habló sobre la competición y los valores que transmite a todo el mundo.
Los chavales se entusiasmaron y José Luis acabó organizando los primeros Juegos Olímpicos Just a Lifestyle en Morombo, Tanzania. "Disfrutaron de su primera competición, su primera meta, su primer podium".
Con la ayuda de todos, José Luis construyó una canasta de madera para que los niños descubrieran un nuevo deporte que no conocían. "Ahora, muchos quieren ser de mayores jugadores de baloncesto. El deporte les ha enseñado a sonreír y a mí, una vez más, me ha demostrado lo importante que es y el poder que tiene para generar cambios", insiste este joven deportista.
Tras su experiencia, José Luis es consciente de que ha recibido tanto o más de lo que fue a dar. "La vida en África no es diferente, es que es otro mundo --nos cuenta--. Un mundo en el que la falta de recursos, posibilidades y oportunidades ha moldeado a una sociedad que ha aprendido a ser feliz sin tener nada".